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El chamanismo inca no es una religión sino una forma de vida que busca la armonía y equilibrio del hombre consigo mismo y con la Naturaleza, expresión de la inteligencia divina. Para regirse rectamente en este mundo, el Creador ordenó unos principios básicos de conducta, unos mandamientos que permitirían al ser humano consciente de sí mismo acumular energía para dominar sus elementos, ser dueño y señor de la Naturaleza, y por consiguiente, un Templo del Sol.
El chamán que llega a dominar sus cuatro elementos paulatinamente, superando sus respectivas pruebas, conseguirá dominar el elemental de las plantas sagradas regidas por esos mismos elementos y fuerzas planetarias. Y en ese trajinar, va aprendiendo a conocer el uso medicinal de todas las plantas, la capacidad de interpretar los sueños, la terapéutica implícita en los aromas y colores -expresiones de la luz irradiada por esas fuerzas planetarias que rigen todos y cada uno de los componentes de ese Templo que es nuestro cuerpo transido de ánima-, amén de un estudio pormenorizado del Cielo y de los animales que, en la Tierra, nos traen mensajes precisos para nuestro crecimiento.
Aquel que decide iniciar ese periplo, esa odisea infinita, como hiciera Ulises en la Grecia Antigua -ejemplo y mito de futuros imitadores- o Wiracocha acá en los Andes llegará un día en el que, a base de acumular luz y sabiduría, resplandecerá como un sol al mediodía, como luna en plenilunio, como flor en primavera, como una estrella en el firmamento.
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